El mercadeo de las relaciones

green-deal-2Las relaciones humanas son un intrincado y constante intercambio de intereses, un negocio, comúnmente entre dos partes (perfectamente extrapolable a grupos y sociedades) con el que obtener ciertos beneficios. La relación se inicia cuando ciertas condiciones son reclamadas, consciente o inconscientemente, por ambas partes. La ulterior aparición de sentimientos y afiliaciones emocionales se produce siempre y cuando, las expectativas del intercambio se cumplan (al menos) satisfactoriamente.

Si está contigo, es porque tú tienes algo que él necesita. Si estás con él, es porque él tiene algo que tú necesitas. Las premisas son simples pero no por ello menos correctas. Toda y cada una de las relaciones sociales que establecemos en algún momento de nuestra vida tienen un fin concreto. Un objetivo o interés, que a medida que la relación va evolucionando, puede a su vez cambiar y moldear sus matices, incluso su totalidad. Desde las relaciones de amistad, a las amorosas, pasando por las familiares, en todas se produce un intercambio similar al que se lleva a cabo entre una empresa y su trabajador, o entre el comerciante y el cliente. En las primeras no se negociará necesariamente con salario o productos, si no con una infinidad de “bienes sociales”, que en ocasiones pueden ser materiales, pero no necesaria o exclusivamente.

El compartir aficiones (A), la comprensión y/o apoyo ante situaciones problemáticas (B), o la diversión que conlleva el compartir un acto social (C), entre otros, son bienes comunes en el tan extendido intercambio amistoso. No podemos considerar como amigo a aquella persona que no satisfaga nuestras necesidades en éste área.

  • Ejemplo: Para considerar a alguien como “amigo” necesito que éste me aporte (como mínimo) (A) y (B). Pepito me aporta solo (C), por lo tanto no puedo considerarlo amigo. Pasaría a catalogarlo en otro estamento relacional acorde a sus aportes (como el de “conocido”).

La seguridad y la estabilidad emocional (D) y/o económica, la activación sexual (E) o la posibilidad de procreación (F) podrían ser algunos de los bienes que se presentan en las relaciones amorosas. En estos casos, la clara comprensión de los bienes demandados por ambas partes se clarifica y estabiliza cuando el estrato pasional del intercambio se difumina.

  • Ejemplo: Pepito me aporta mucho (E), pero nada más. Por lo tanto categorizo a Pepito como “amante”. Jamás podría ser una pareja puesto que para ello requiero además de (E), también de (D) y (F).

En las relaciones familiares es dónde estos bienes pueden aparentar ser más abstractos, pero fijándonos bien podemos ver ciertos aspectos como; la necesidad de protección (G), el sentimiento de responsabilidad (H), la realización biológica (I), y la ilusión de posesión (J) como algunos de los bienes intercambiables.

  • Ejemplo: Una madre y su hijo recién nacido. Existe relación entre ambos porque el recién nacido aporta a la madre (H), (I) y (J), entre otros. La madre aporta a su hijo (G), además de bienes materiales (como alimento).

En todos los casos habrá condiciones mutuas que han de ser satisfechas. Si estas condiciones no se cumplieran, no existiría relación. O sería una relación insatisfactoria, incluso perjudicial para alguna de las partes.

Como conclusión, aclarar que aunque los intereses en el intercambio relacional son una realidad evidente, no debemos dejar de pensar que los sentimientos no juegan un papel importante en estos intercambios como reguladores relacionales que permiten que un cierto equilibrio pueda desprenderse de cada relación que nos importe. Simplemente hemos de aprender a aceptar estas cláusulas, para llegar a comprender un poco más a los demás y sus motivaciones, a la vez que nos adaptamos a los rápidos movimientos del mercado relacional. Tranquilos, el amor siempre está en alza.

____________________________________________

Intercambio.

¡Ámame!

Pero solo si me mimas,

Me adoras,

Me lloras,

Y mi amor imploras.

Te amo,

Pero solo si me dejas tocarte,

Adorarte,

Y sufrir por ti,

¡Ámame!

 

El malestar de la sobre-comunicación

comunica1

“El problema es la comunicación, demasiada comunicación.”

 Homer Simpson

Esta vez, comienzo estas reflexiones citando a uno de los grandes personajes de la historia del entretenimiento, que aunque el contexto original de la frase (en la que Homer intenta dar explicación a los problemas de pareja) posee un tono brillantemente cómico, extrapolándolo a la realidad comunicativa actual adquiere un matiz de realidad aplastante. Estamos sobre-comunicados. Esta sobre-comunicación predomina en todos y cada uno de los ámbitos en los que interactuamos, desde los círculos sociales y de pareja, hasta el trabajo, o incluso el tiempo libre. En ocasiones, generando malestar.

Los círculos sociales reclaman nuestra atención mediante las redes y la telefonía móvil. Sentimos la necesidad de saber qué sucede con aquellos que conocemos, aunque en realidad ni siquiera mantengamos una relación lo suficientemente personal. El ampliar ese círculo social se ha convertido en una especie de afán para acopiar contactos más que una creación de lazos afectivos o verdaderamente comunicativos. Lo mismo sucede en relaciones más personales como la pareja o el trabajo, donde la desinformación momentánea es causante de estrés, un síndrome de abstinencia que ha de ser saciado con mensajes, llamadas o correos electrónicos. “Todo va bien”. Paradójicamente, en nuestro tiempo libre, el periodo temporal que tenemos para nosotros mismos y nuestro recreo personal, se ha convertido asimismo en una tarea que requiere de la comunicación, pues hemos de mostrar a nuestros “afiliados sociales” la experiencia que nos encontramos viviendo, o incluso la falta de un qué hacer, mediante fatuos “estados”, fotos, o mensajes. En definitiva, estamos casi obligados a comunicarnos y mantener el contacto con el mundo. Triste y consecuentemente, cada vez hay menos tiempo para la introspección y el valioso silencio.

La sobre-comunicación genera malestar, por diversos motivos. La falta de respuesta genera malestar, como cuando nos quedamos con un saludo o la palabra en la boca, el intentar comunicarnos con algún contacto, sin obtener una respuesta, genera ansiedad. A esto favorecen las aplicaciones sociales, que nos muestran cuando un proceso comunicativo se ha efectuado con éxito. Obviamente esperamos una respuesta consecuente, más o menos rápida en función de la urgencia (aunque la urgencia se haya trasladado incluso a las banalidades). En un ambiente comunicativo tradicional, como la conversación, intervienen otras formas comunicativas más generalistas como la móvil, que distraen y diversifican la atención de los interlocutores. Se puede generar un malestar, al sentirnos desatendidos, o quizás poco valorados relacionalmente. La sobre-comunicación también puede generar malestar, como han demostrado algunos estudios, cuando conocemos las continuas experiencias gratas (pues habitualmente pasan por el filtro de la positividad) de los contactos en las redes sociales, cuando haciendo una prospección comparativa, sentimos que no hacemos lo suficiente, que nuestra vida no es tan satisfactoria, y que no tenemos el éxito que los demás tienen (o aparentan tener).

Por supuesto que estar bien comunicados nos ofrece infinitas posibilidades, ventajas sociales y acercamientos relacionales, que de otra manera serían imposibles y podrían llegar incluso a perderse. La comunicación es positivamente producente, no quepa duda. Pero mientras no lleguemos a entender los principios que la rigen, ni sepamos distinguir la aplicabilidad de tales medios comunicativos  en los contextos adecuados, la sobre-comunicación seguirá dominando, la intimidad será violada una y otra vez, y el malestar nos acompañará en cada intento de comunicación, en cada mensaje sin respuesta.

___________________________

Lista de contactos

A muchos,

Os escucho en cada llamada vuestra,

Os veo en cada imagen que os muestra,

Os leo en cada palabra y en cada letra,

Os poseo, en una lista de contactos infecta.

Pero a muchos,

No os escucho cuando me habláis,

No me interesa lo que mostráis,

No os siento, y no sentiría

Si un día, en alguna de mis listas, no estáis.

Miénteme de verdad

mentiraMostrémonos sinceros. Mentimos. Hemos mentido en tiempos pasados, y lo seguiremos haciendo, sin excepción, hasta el fin de los días. ¿Deberíamos pues sentirnos infamemente estigmatizados, cual marioneta de madera vetada a la falsedad, y corregir nuestro comportamiento hacia una conducta de franqueza plena? La respuesta pudiera parecer obvia. Y ciertamente lo es. En ocasiones la verdad, o la honestidad, pueden no ser totalmente adecuadas en dependencia del contexto en el que interactuemos. La mentira es un comportamiento adaptativo del ser humano mediante el cual conseguimos determinados objetivos, ya sean de autodefensa como de no agresión.

Desde tiempos inmemoriales la mentira nos ha hecho escapar de castigos (más o menos merecidos), ha evitado guerras, ha propiciado conseguir puestos de trabajo, ha salvado relaciones familiares, amorosas, y mantenido grandes amistades. Incluso mentirse a sí mismo cumple una función a veces necesaria para evitar entrar en estados emocionales indeseables. En la sociedad y culturas actuales, moralmente la mentira es vista casi siempre como un déficit, como una lacra, como un acto cuasi criminal que ha de ser juzgado y condenado (no necesariamente legislativamente). Por el contrario la sinceridad, es vista como un mérito, un modelo de comportamiento a seguir, que convierte a las personas en respetables y buenas. Pero nada más lejos de la realidad, pues una cosa es la verdad, y otra muy diferente es la bondad. La sinceridad no hace a las personas bien intencionadas, así como los mentirosos no son seres viles que buscan dañar con sus mentiras. No hay que olvidar tampoco que la presión de la sinceridad a la que ciertas instituciones nos someten (iglesia, fuerzas del orden, etc.) tan sólo son un método de control, y en parte de dominación.

La mentira es uno de los comportamientos que nos hacen más humanos, junto con la capacidad metafórica y el humor (cúlmenes del lenguaje que sólo los seres humanos han sido capaces de desarrollar), y ésta acaba convirtiéndose en una herramienta necesaria para equilibrar las relaciones, y que así ninguna de las partes que intervienen en determinada relación resulte herida. Por tanto podríamos llegar a definir el acto de mentir como un potente canalizador de conflictos inter-relacionales del que podemos hacer uso convenientemente en la situación en la que se aplique. Un mal uso de ella, como también de la verdad, siempre conllevarán resultados contraproducentes.

Con esto no quiero ni mucho menos posicionarme a favor de la mentira sobre la sinceridad. Solamente quiero dar a entender cuan importante es un balance correcto entre ambas para que los mecanismos relacionales se mantengan estables. ¿Pueden imaginarse un mundo en el que rija la verdad sobre todas las cosas, un mundo sin mentiras? El pensamiento utópico como siempre, cuanto menos, es bello y motivador, un autoengaño lícito. Pero la realidad y la lógica regulan los sueños. Si es cierto que la verdad duele como algunos dicen, imagínese cuanto dolor habría en el mundo cuando el acto de mentir fuese abolido, cuantos conflictos inmedicables, cuantos miedos al contacto verbal. No estamos preparados para vivir con la ácida verdad en nuestras entrañas, preferimos la realidad cocinada en los fuegos de la mentira, en los hornos de la ficción, pues la verdad cruda y sangrante se antoja, la mayoría de las veces, difícil de digerir ¿Verdad?

 ________________

Falso adiós

Por más que firme asegures

Quizás yo si lo sintiera

Los mil te quiero que me diste

Mil fueron hechos de mentira.

Que sin que yo sepa

Más tú implores de necesidad

Te diga que nos veremos

Y tú ilusa, lo creas verdad.

_______________

La infeliz búsqueda de felicidad

¿Es acaso la felicidad un componente endógeno de nuestro organismo? ¿O es por el contrario un agente externo que en determinadas circunstancias nos proporciona estados asociados a dicho término? Una vez más, el pensamiento dicotómico nos hace tuertos a la evidencia, y se hace necesaria una visión holística racional cimentada en el equilibrio. La felicidad es simplemente un estado psicológico pasajero más, que ha de dejar de ser tratado como una meta última, ni siquiera búsqueda de tal, y ser interpretada como una reacción psicológica cíclica, que puede ser manipulada e influenciada tanto a nivel personal como externamente.

Existen determinados factores ambientales, productos del entorno fundamentados en normas sociales y en valores de las diferentes sociedades, que nos provocan estados de bienestar que pueden ser interpretados como periodos de felicidad (éxito personal, estabilidad emocional, crecimiento económico, etcétera) pero que están sujetos a cuantiosas variables y frágiles condiciones que, de dejar de cumplirse, pueden hacer desaparecer el estado inmediatamente. No hace mucha falta decir que ciertas sustancias farmacológicas nos acercan a ese estado llamado felicidad, aunque claro, a costa de nuestra propia salud. Incluso podemos encontrar que técnicas neurológicas como la estimulación cerebral subcortical, pueden producir períodos de felicidad mientras dicha estimulación dure. Hay también técnicas y trabajos más introspectivos (entre ellos la meditación) que con tiempo y dedicación pueden ayudar a provocar los mismos estados de bienestar y quizás a mantenerlos de un modo más constante y estable, pero no por ello definitorio.

La felicidad puede ser entendida cercana a un extremo conocido del continuo de estados emocionales  (maníaco-depresivo) en el que pasos atrás podemos hallar la euforia o alegría, y un poco más atrás el buen ánimo. A su vez, al otro lado del punto neutral del continuo, podemos encontrar el mal humor, la tristeza, y la depresión como extremo opuesto. Si la psicología ha sido capaz de describir y etiquetar la depresión como un trastorno observable y tratable, no debería, en principio, parecer extraño si consideramos la felicidad como un trastorno positivo más de la mente humana, con características que deberían ser diametralmente opuestas al contrario del continuo antes mencionado en el que encontramos la depresión. Y digo trastorno positivo, pues es un estado positivamente considerado, para diferenciarlo del común término que clasifica negativamente como trastornos los estados cognitivos o afectivos anormales en referencia al grupo social de la persona. Pero un trastorno al fin y al cabo, pues aun siendo positivo, también se aleja de la norma social. Tiempo ha que Richard Bentall propuso clasificarlo como tal; decía que habría de catalogarlo como un “trastorno afectivo mayor de tipo placentero” puesto que cumple con ciertos criterios como para ser considerado trastorno. Mencionar por último que la felicidad en exceso se acaba convirtiendo en manía, y puede conllevar serios peligros, al provocar tomar, en ocasiones, puntuales riesgos innecesarios que perjudiquen la estabilidad e integridad personal. Una desmesurada felicidad también está asociada a un deterioro grave en el pensamiento creativo, así como a problemas para empatizar adecuadamente con personas que no se encuentren en un estado similar.

No hay que dejar que la eterna búsqueda de la felicidad nos haga infelices, ni posterguemos el disfrute del momento o la toma de decisiones en perspectiva de una meta lejana. Cambiemos y hagamos flexibles nuestras expectativas (que son proclives a descompensar nuestros estados mentales) y dejémonos balancear violentamente en el constante e impredecible vaivén de las emociones.

_________________

Capicúa

Emoción capicúa,

Sentimiento que no avisa,

Me reía por no llorar

Y acabé llorando de la risa.

_________________

Amor libre, marihuana legalizada

Adicciones existen de todos los tipos. Desde las clásicas drogas farmacológicas (blandas como el alcohol, el café y el ibuprofeno, o duras como la cocaína, los ansiolíticos o la heroína), hasta el juego patológico, que lleva al tremor y en ocasiones, al derrumbe de economías familiares y personales. Sin olvidar las novedosas adicciones tecnológicas que absorben nuestra materia gris por una pantalla de 5, 20 o 45 pulgadas. Tras todas estas adicciones, algunas consideradas más perjudiciales que otras, se nos suele escapar una gran condición cuasi-patológica que todos, sin excepción, sufren alguna vez de alguna u otra manera, pero que no siempre se logra controlar. El amor es una droga altamente adictiva.

Antes de nada, quiero aquí aclarar que cuando me refiero a “amor” en estas líneas, me refiero única y exclusivamente al sentimiento amoroso profesado hacia una pareja (sea cual sea el género, condición, raza, o especie que sea) ya que existen diversos tipos de lo que denominamos generalistamente “amor”, que poseen cualidades, aunque compartidas, cualitativamente diferentes.

Estudios recientes llevados a cabo por el profesor Jim Pfaus de la Universidad de Concordia (Quebec) han revelado de manera destacable que, en el complejo mapeado cerebral, la zona de corteza que se activa en el enamoramiento y la que se activa en una adicción a las drogas están, no simplemente interrelacionadas, si no que son indefectiblemente la misma. “[…] en el cerebro el amor funciona de la misma forma como cuando la gente se vuelve adicta a las drogas” afirma el profesor Pfaus.Estudios que aun pareciendo concluyentes y significativos, no sorprenden a nadie (al menos a nadie que practique el raciocinio con asiduidad), y son omitidos así por aquellos en pro de los latidos de un órgano puramente funcional.

La dependencia, anexada a la adicción (en este caso al amor), provoca el paulatino (si no súbito) abandono de las motivaciones y responsabilidades comunes ligadas a la persona y su respectiva idiosincrasia, pudiendo llegar a producirse una drástica despersonalización, que amenace todos los ámbitos estables cuales poseyera el sujeto. Los hábitos conductuales cambian visiblemente llegando a lo irrazonable de actos, actitudes y pensamientos en pos y complacencia del objeto que focaliza y abstrae su atención completa. Cuando ya se está enamorado es difícil, si no imposible, desestimar oportunidades que no conlleven el expendio de tiempo en presencia del objeto de adicción. En ausencia de éste, sea el motivo que fuere, los pensamientos recurrentes y obsesivos calman temporalmente la afanosa condición.

El amor es ciego pregonan algunos, cuando en realidad el amor es un neurocirujano con excelentes condiciones sensoriales que interviene en aquel que lo sufre, lobotomizándolo con precisión. Con la intención de no explayarme vanamente, invito a cualquiera que sea aquel que quiera, por simple curiosidad o tedio insaciable, buscar y comparar las características definitorias entre el enamorado y el adicto. Puede que lo encuentren inquietantemente revelador. Suerte tenemos, que al ser una adicción parcialmente endógena, tenga una temporalidad finita (de aproximadamente dos años), hasta una posible y futura recaída. Y déjenme decirles para ir finalizando, que si considero al amor como una droga ciertamente perjudicial, comprenderán si concibo al amor no correspondido como una adicción inevitablemente fatal.

Todavía algunos creen que la pasión exacerbada es sinónimo del más puro amor, y que amar sin freno ni traba no implica riesgo alguno. Actúan como buen cristiano que se precie, aboliendo las incoherencias, y continúan descansando sobre una nube de arquetipos perpetuados con tiempo y sangre. Pero el amor es una droga, y su consumo cuanto menos, ha de ser moderado. No escribo estas líneas como crítica manifiesta hacia un sentimiento excelsamente difundido y mitificado, pues en una justa medida que no exceda los limites de la adicción, puede proporcionar satisfactorias dosis de felicidad y sosiego a quien lo necesite. Demando abiertamente que, si se proclama sin tapujos el amor incondicional, concordantemente la marihuana debería ser ya legalizada.

______________________________

Abstinencia

Como el humo de un cigarro, se escapa de mis manos

Un candil intermitente, amenazado por la brisa

La puerta se cierra, sin hacer ruidos vanos

Siento frio, y el cálido brío del sol se eclipsa.

Busca presto algo que sacie el anhelo

Dame por caridad cosa con que taparme

Piensa como calmarlo mientras aún vivo

O trae unos tragos en los que ahogarme.

___________________________

Del suelo al cielo

Es innegable que somos materia, seres físicos que cumplen un ciclo biológico de vida. Células que se reproducen exponencialmente para crear un cuerpo material, en una danza química de apariencia caótica, pero con un objetivo determinado genéticamente. Lo que también es indiscutible es que somos materia asociada indefectiblemente a energía (o espíritu, o alma, o como se guste denominar) en incesante movimiento. Una energía en ocasiones no ligada a nuestra propia masa, capaz de aportar propiedades diversas a nuestro cuerpo y al entorno en el que éste interactúa, aunque se presente difícil de controlar escudada en su intangibilidad (y digo esto intentando no allanar campos ligados a conocimientos avanzados de la física que especulan con la teoría de que energía y materia son lo mismo, presentado de forma diferente). Somos, al fin y al cabo, un compendio perfecto de abstracción y concreción que nos hace maleables y particularmente complejos. Nos hace “ser”.

El materialista responde a un ser físico, visceral, de impulsos. Un parangón del hedonismo que busca la satisfacción del cuerpo y los sentidos en cada acto. El espiritual por el contrario intenta alejarse de las demandas del cuerpo, abstraerse en el interior de sí mismo, evaporar los pensamientos mundanos en busca de un conocimiento extraterrenal que le aporte satisfacción. Nos hallamos ante un aspecto existencial en el que la aplicación del equilibrio que rige todas y cada una de las cosas se hace sumamente significativa.

No se puede hacer caso omiso a las necesidades espirituales del ser, el trabajo y control energético pueden proporcionar herramientas fundamentales para un desarrollo satisfactorio de la vida, pues nos capacita para comprender los entresijos de nuestra mente, conocer la composición psicológica inmaterial de las relaciones sociales en la que interactuamos, e incluso nos permite un contacto directo con otras energías naturales que nos rodean y que son prácticamente improbables de percibir a simple vista.

Concomitantemente a la necesidad energética se sitúa la necesidad material. Experiencias físicas que someramente pueden aparentar carencia espiritual, pero que inconscientemente fluyen por el mismo cauce. Los placeres terrenales y de deleite sensorial como son la degustación, la comunicación, la pasión y disfrute sexual, el regocijo intelectual, el trabajo físico, el descanso, o el más puro entretenimiento audiovisual, entre otros tantos, son elementos que completan nuestra necesidad de ser, alentados por la química inmediata que promueve nuestro cerebro primitivo, y que integrados con la búsqueda de satisfacción espiritual nos realizan plenamente.

Con esto quiero de algún modo transmitir, que tanto aquel asceta espiritual (pretendido o sentido) que se evade del mundo material que lo rodea, como el materialista integral que niega la evidencia espiritual (o de cualquier cosa que vaya mas allá de lo que puedan comprar sus esfuerzos), deberían quizás replantearse las directrices y cursos existenciales, y enriquecer de forma más amplia la experiencia vital que la propia existencia les ofrece.

 __________________________________

El pájaro

 

No quiero ser la intangible nube que solloza anhelando la tierra,

Ni el enraizado árbol que crece alto hacia la gris bóveda que lo riega.

Quiero ser el pájaro que vuela alegre,

Del suelo que lo alimenta, al cielo que lo hace ser libre.

____________________________

Ideas Funambulistas

Las ideas funambulistas (no confundir con funambulescas) son aquellas que peligrosamente caminan por la cuerda floja que pende en lo alto de una carpa circense. De ese circo compuesto por las lonas de las opiniones personales. Reflexiones que presumes no serán compartidas por ninguna mayoría, que darán pasos cautelosos entre el rechazo y el agrado, pero que siempre mirarán hacia abajo con inseguridad, con un inquietante miedo a caer. Ideas que se basan en el equilibrio conceptual como vara con la que distribuir el peso, pero que estimas no será suficiente si la idea no tiene la práctica necesaria. Las ideas funambulistas no muestran totalmente lo que los artistas son capaces a dar de sí, sólo son una parte esbozada del show de la subjetividad humana. El precio de la entrada es un intercambio equivalente, el tiempo que el autor dedica a la reflexión, y el que el lector dedica a su lectura. Como en cualquier espectáculo funámbulo, el ruido no es bien recibido, el silencio, un espectador modelo.

_______________________________________

Cuando aparece el silencio

Cuanto mayor es el silencio,

Mayor es el entendimiento.

Cuanto mayor es el entendimiento,

Menor es la necesidad de hablar.

Cuando menor es el habla,

Ahí, es cuando aparece el silencio.

__________________________________